Autoliderazgo. Sus mentiras y sus verdades.
Ser un buen líder implica no sólo saber cómo inspirar y guiar a los demás, sino también ser capaz de liderarse a uno mismo.
Si le pides a 1000 personas que se autoevalúen en términos de autoliderazgo, 999 te responderán que su capacidad para liderarse a sí mismos es entre alta y muy alta.
Es fácil caer en esa trampa del autoengaño y pensar que dedicar tiempo a desarrollar el autoliderazgo es una pérdida de tiempo.
Sin embargo, un auténtico líder es consciente de sus limitaciones y defectos y sabe que siempre hay margen para aprender algo nuevo y mejorar su actual versión de si mismo.
Un buen líder practica la autoconciencia, la autodisciplina y la autodeterminación, que son la base del autoliderazgo.
La autoconciencia implica estar en sintonía con nuestras emociones, pensamientos y acciones. Es importante tomarnos el tiempo para reflexionar sobre nuestras imperfecciones, así como en nuestras fortalezas.
La autodisciplina es la capacidad de mantenerse enfocado en nuestras metas a largo plazo y resistir la tentación de las distracciones o los placeres momentáneos.
Un buen líder cuenta con una gran autodeterminación a la hora de tomar decisiones difíciles y actuar de manera coherente, aunque esto signifique ir en contra de la opinión popular o de sus propios intereses individuales en beneficio de los colectivos.
Si lideras el área de RRHH y vais a invertir en formar a vuestros mandos intermedios y ejecutivos en liderazgo, asegúrate de que el programa comienza dotando a los participantes con el conocimiento y herramientas que les permitan desarrollar su autoliderazgo.
Sin esos pilares, aspirar a convertirte en líder es una quimera.
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